Mi opinión sobre “todo fluye” de Vasili Grossman

Novela de Vasili Grossman

Recientemente, he leído esta gran novela de Vasili Grossman. El argumento es sencillo, y cito literalmente lo que se cuenta en la solapa del libro: “Todo Fluye cuenta la historia de Iván Grigórievich, que regresa a Rusia después de pasar treinta años en el GULAG. Tras unas cuantas visitas cortas e insatisfactorias a lugares y personas conocidas en Moscú y Leningrado, Iván se establece en un pueblo del sur, en la provincia, donde empieza una nueva vida con una viuda de guerra. Tiempo después, volverá a su hogar de juventud en el Mar Negro, donde al fin podrá reconciliarse con la inhumanidad del nuevo régimen soviético.”

Literariamente, la novela es enorme. La escritura fluye y cuenta y reflexiona y te hace sentir la tristeza infinita, el frío, el hambre que narra. Los personajes son sólidos, pues Grossman les ha insuflado vida como sólo puede hacerlo un gran escritor. Si el retrato del personaje principal, Iván Grigórievich, es el de un personaje acabado por treinta años de confinamiento, un ser que ya es casi incapaz de padecer, que parece verlo todo desde una distancia cercana a la indiferencia de la muerte, son patéticamente conmovedores los retratos de los personajes que no sufrieron los más terribles rigores de la trágica dictadura soviética. Tales personajes esconden su miseria de renuncia, de aceptación de la opresión, de la delación a que se vieron abocados para no verse en las mismas condiciones que Grigórievech, en las miradas huidizas, en las excusas y mentiras asumidas como verdades que apenas son capaces de creerse ellos mismos. Del mismo modo que retrata la corrupción del sistema, el anhelo de muchos de avanzar a pesar de las circunstancias y de los impedimentos legales hacia una dicha superior a la permitida, siendo la corrupción el único camino abierto en una sociedad que aspira al igualitarismo por encima de todo. Igualitarismo que tiene su contrapartida en la ausencia de incentivos vitales y que se transforma en la incuria, en el triunfo de la mediocridad y en la renuncia a toda clase de libertad.

Destaco aquí una frase del libro: “Pero he aquí que se introduce en la vida la fuerza de la prohibición. Y todo lo que hay de sencillo y bueno – el pan y el agua de la vida- revela de repente su vil maldad y su tenebrosidad. Como por obra de un hechizo, la violencia y la prohibición transforman ineludiblemente todo lo bueno en malo en el interior del hombre.”

Se trata, sin duda, de una verdad eterna. Verdad eterna que muchos no quieren comprender. Y por el hechizo de la prohibición se trató de cambiar la naturaleza humana. Y cuenta la novela los intentos de ingeniería social realizados en la época de Stalin, como los grandes movimientos de masas y poblaciones de un lugar a otro, como las hambrunas provocadas por el Estado. “Hay una fuerza satánica en prohibir, en reprimir”, es otra frase excelsa de este maravilloso libro.

Y digo libro, porque sus enseñanzas y el estremecimiento que provoca su lectura está más allá de una simple novela. Todo Fluye es mucho más que una novela, porque es, a su vez, un testimonio de vida. “En la lucha por el derecho a confeccionar botas, tener chaquetas, alimentar abundantemente a sus hijos y vestirlos, en la aspiración a sembrar aquello que el labrador quería, se manifestaba aquel deseo natural e indestructible, inherente a la naturaleza humana, que es el deseo de libertad.”

Deseo de libertad que atraviesa, como un alma humana sojuzgada, el libro todo: “La generación bolchevique de la guerra civil no creía en el valor de la libertad del individuo, en la libertad de palabra, en la libertad de prensa.” Por eso, el nuevo Estado “ni siquiera tenía necesidad de esclavos: sólo necesitaba funcionarios, empleados. Y el Estado, que parecía ser un medio, resultó ser un fin. El Estado se transformó de servidor del pueblo en autócrata sombrío.”

No ha perdido esta novela un ápice de actualidad, a pesar de que superficialmente alguien pueda pensar que cuenta sólo una historia de otro país y de hace sesenta años, pues anota el autor que el desarrollo de Rusia estaba fecundado por el crecimiento de la esclavitud. La esclavitud de la era de los zares obtiene su solución de continuidad en la Rusia soviética. Un pueblo, el ruso, que jamás había comprendido la libertad, ni la había paladeado. En contraposición, “el desarrollo de Occidente estaba fecundado por el crecimiento de la libertad.” Y en tal párrafo me pregunto si no ocurrió algo parecido en España, cuando, en ausencia de una tradición de aprecio a la libertad, se pasó de una dictadura a una aparente democracia sin cambiar ni una sola de las estructuras fundamentales del Estado: ni la policía, ni la judicatura, ni el sindicalismo, ni la estructura económica y social, ni la normativa laboral.

Y entonces comprendo cómo es posible que en nuestro país aún tengan predicamento propuestas que desprecian la libertad y propugnan una dominación superlativa de lo público, del Estado, sobre el individuo. Algunas, lideradas por alguien, que, como describe Grossman a Lenin, aparentan un ascetismo y una modestia natural que convierte a dichos personajes en aparentes adalides de la pureza, en pastores impolutos e inflexibles de sus credos (una delicia leer el perfil psicológico que hace Vasili Grossman de Lenin. E, inevitable, la consiguiente maldad de acordarse de alguien muy presente estos días en televisión y en las redes sociales prometiendo la Arcadia feliz de un Estado superlativo). Credos que, si uno lee atentamente, producen escalofríos, pues, aunque describan los defectos del sistema, sus propuestas no pueden, de llevarse a cabo, sino concluir con la opresión y la ruina. Basta comparar programas electorales y podemos intuir la confluencia de propuestas, todas basadas en lo Público y destinadas a destruir la iniciativa privadas, para entender que las propuestas de estos grupos, como Podemos, y las de Falange Española, son dos almas del mismo cuerpo doctrinal. Doctrinas que conducen a un único destino: “El mundo vio la mágica sencillez de aquella vía. El mundo comprendió la fuerza del Estado popular construido sobre la esclavitud. Naciones y Estados podían desarrollarse en nombre de la fuerza contra la libertad. No era este alimento para la gente sana; era un narcótico para los desdichados, los enfermos y los débiles, para los atrasados o los vencidos.” Doctrinas que ahogan la libertad: “Allí donde no hay libertad humana no puede haber libertad nacional, ya que la libertad nacional es sobre todo libertad del hombre. En este Estado no hay sociedad, puesto que la sociedad se basa en la libre intimidad y en el libre antagonismo de la gente, y en un Estado sin libertad, libertad de intimidad y libertad de antagonismo son inconcebibles.”

Cuando uno cierra el libro tiene una sensación de alivio: haber pasado aquello que se narra en él; y tiene una sensación de opresión, temer que tal vez no estemos tan lejos de volver a tropezar en la misma piedra si nos fijamos en cantos de sirena que prometen una sociedad más justa a base de prohibir, reprimir y limitar la libertad de los hombres y de las mujeres. En esta dialéctica nos debatimos, pues no en vano, como concluye Vasili Grossman, “la historia de la humanidad es la historia de su libertad.

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