Relatos cortos adultos: Hormigas

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Nos habían encerrado en un pequeño tarro de plástico. Para que el dolor fuese más espantoso, habían dispuesto piedras, alguna ramita hincada en la tierra simulando un árbol y una sola hoja comestible. También nos habían mantenido durante mucho tiempo sin comer.

Mi rival era completamente negra. Yo, totalmente roja. Tal vez querían comprobar qué raza era más cruel. Dos hormigas hambrientas y una sola brizna de hierba. Hormigas grandes, las más grandes que encontraron. La hormiga negra fue depositada primero. Comió dos grandes bocados de hierba y la apartaron de un golpe hacia atrás, allí donde aún veía la comida, pero no podía alcanzarla. Yo no pude probarla. El combate era desigual, porque la hormiga negra había comido. Yo no había probado bocado. Me sentía débil y enfurecida.

Me depositaron al otro extremo del macabro ring. Me dirigí corriendo hacia la brizna de hierba intentando conseguir un primer bocado. En ese momento soltaron a la hormiga negra. Avanzó hacia mí con odio. Le quitaría su comida. Había de hacerlo si quería sobrevivir. Si algo aprendemos las hormigas es a sobrevivir. Pero normalmente no tenemos que luchar contra otras hormigas. Nos basta salir de nuestros agujeros subterráneos y buscar en el suelo. Encontramos todo lo que necesitamos. Los diablos que nos habían encerrado se habían cuidado mucho de que no hubiera otra posibilidad que aquella brizna. Lo demás era un páramo desolado.

Vi arder sus ojos multiformes. Ella vio los míos, que igualmente ardían de desesperación. No calcularon bien, porque cuando la hormiga negra llegó hasta la brizna de hierba yo ya masticaba un jugoso y enorme bocado. Por eso no pude responder cuando la hormiga negra clavó sus enormes pinzas en mi cuello. Lo hizo con tanta saña que ya no pude tragar lo que aún quedaba en mi boca. Sacudí la cabeza con la fiereza de un toro, pero no conseguía soltarme del terrible abrazo. Creí que me decapitaría. En un impulso súbito, arremetí con mi cuerpo contra ella y el impacto de nuestros costados fue tan severo que cedió. Pude soltarme y echarme hacia atrás. Pero ese paso fue una ventaja para ella. La hormiga negra se puso ante la brizna de hierba como una bestia lo hubiera hecho ante sus cachorros. Intenté acercarme, pero cada vez que iniciaba un paso hacia delante, las enormes pinzas de la hormiga negra aleteaban en el aire, amenazantes, terribles. Rápidamente, volví sobre mis pasos e intenté rodear la piedra que habían dispuesto cerca de la brizna. Si no llegaba directamente, tal vez pudiera robar un bocado si era más rápida. La diferencia de peso entre mi contrincante y yo se hizo notar. Cuando quiso darse cuenta, ya había rodeado la piedra y me había acercado a la brizna por detrás. Sin apenas masticar, el bocado de hierba pasó a mi interior, se fundió en mi cuerpo y un deseo salvaje de comer más se apoderó de mí. Tenía que matar a la hormiga negra. Tenía que matarla para poder comer la hierba. Me abalancé sobre ella. La sorpresa o su menor agilidad hizo que pudiera hincar mis pinzas en su cuello. Lo hice con tal violencia que la hormiga negra quedó paralizada unos instantes. Luego intentó moverse, pero apenas debía recibir oxígeno porque se movió lenta y torpemente, como si estuviera cerca del final. Entonces…

Mi primo Samuel agarró la hormiga roja y la obligó a soltar a la hormiga negra. Habíamos cogido un pequeño tarro de plástico, habíamos echado tierra, habíamos puesto una piedra y una ramita y luego una brizna de hierba. Antes, habíamos capturado en el jardín de mi casa dos hormigas enormes, una roja y una negra. La roja era la mía, decía Samuel, la negra era la suya. La había escogido porque era más grande. Era un jugador de ventaja que siempre hacía trampas. Era algo mayor, pero yo ya me daba cuenta de sus engaños. Como mi hormiga roja tenía atrapada a su hormiga negra paró el combate. Cogió con sus dedos la hormiga roja, hizo que soltara a su hormiga negra y luego le cortó de golpe las pinzas con las que luchaba. Entonces la depositó de nuevo en el tarro de plástico. La hormiga negra se abalanzó sobre la hormiga roja, que ya no tenía más que la boca para defenderse. Con sus pinzas, aferró el cuello de la hormiga roja. Ésta agonizaba lentamente.

Lloré. Le grité que por qué había mutilado mi hormiga roja. Que mi hormiga roja iba ganando, que era un tramposo. Mi primo Samuel me empujó y caí hacia atrás, sobre el césped. Con los ojos arrasados de lágrimas, me sentía como mi hormiga roja. Di unos pasos atrás, cogí el bate de béisbol de plástico duro que me habían regalado mis padres por Reyes y golpeé en la espalda a Samuel. Samuel dio un grito y comenzó a llorar. Entonces…

El padre de Samuel abrazó y consoló a su hijo. Cuando supo cómo había sido todo, avanzó un paso amenazador hacia mi hijo y levantó su mano. Me interpuse de un salto. Protestó. Que si había sido un cobarde por golpearlo en la espalda, que si se merecía…Respondí que el cobarde era su hijo, que siempre abusaba de Dani, que era dos años menor. El rostro del padre de Samuel enrojeció. Unas gotas de sudor o saliva brillaban en las comisuras de su labio. Me empujó. Sabía que era un camorrista. Siempre lo había sido desde que era un pésimo futbolista de regional y sus mayores hazañas eran las palizas a los indefensos árbitros. Cuando jugaba en su campo, lógicamente. Ahora pensé que no estaba en su campo. Estaba en mi casa. Y estábamos condenados a estar encerrados durante varias horas, hasta que volvieran nuestras esposas. Le devolví el empujón. Me miró sin comprender. No estaba acostumbrado a que le devolvieran los golpes. Intentó empujarme una segunda vez, pero esquivé sus brazos y resbaló. Cayó hacia delante y sólo pudo detener la caída total apoyando sus manos en el suelo. Inclinado como estaba era una tentación demasiado fuerte. Lancé una patada. Mi bota de invierno se estrelló en su boca. La sangre brotó como de un surtidor. Sus ojos se empañaron de una mezcla de miedo y lágrimas. Entonces…

Era un grito de terror. Disfruté con ese grito como no lo había hecho nunca. Sentí un placer enorme, mi bate de béisbol de plástico duro en la mano, Samuel corriendo despavorido ante mí. Lo dejé una vez que entró en la casa. Volví sobre mis pasos y busqué el tarro de plástico. Había caído de las manos de Samuel al suelo cuando le golpeé con el bate. Aún estaba allí. Miré dentro. Aún estaban la hormiga negra y la hormiga roja. Entonces…

Había sido un impacto tremendo. Tanto, que la hormiga negra tuvo que soltarme. Sus garras dejaron de apretar mi cuello. Pude respirar. La vi panza arriba, sin poder darse la vuelta, pateando el aire feroz e inútilmente. Me dirigí hacia ella. Ya no tenía pinzas, pero tenía mi boca. Mordí su cuello. Lo apreté con todas las fuerzas de mi mandíbula. Con cuidado de no moverla de forma tan violenta que pudiera darse la vuelta. Los movimientos de sus patas se hicieron cada vez más lentos, más convulsos. Pero, de pronto, un dedo enorme me apartó. Agarró la hormiga negra y la fijó al suelo. Luego, con la piedra que habían colocado en el tarro donde habíamos de luchar, apretó la cabeza de la hormiga negra. Un flujo espeso brotó de su boca y de sus ojos cuando fue aplastada. Corrí todo lo que pude. Encontré la brizna de hierba. La mordí. Con ella en la boca, corrí de nuevo, buscando desesperadamente mi hormiguero.

Foto vía: Paco Rives

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